Antes de construir una solución, tuvieron que aprender a mirar el problema. Así vivieron 35 estudiantes HACKH2O, una experiencia que conectó Alicante con los retos reales del agua en la cuenca ecuatoriana del Bulubulu.

A veces lo más difícil no es construir el prototipo, y tampoco subir al escenario, defender una propuesta ante un jurado o responder preguntas con el reloj corriendo.
Lo más difícil realmente ocurre antes: al entender de verdad el problema.
Durante los días 29 y 30 de octubre, 35 estudiantes universitarios se reunieron en Alicante para trabajar sobre siete retos relacionados con el agua. Podría parecer el comienzo de una hackathon más. ¡Y obviamente no lo era!
Al otro lado de cada reto hay comunidades rurales de la cuenca del río Bulubulu, en la provincia ecuatoriana del Guayas. Familias para las que el agua no es un tema sobre el que idear, sino una realidad que condiciona la salud, los cultivos, los cuidados y la vida cotidiana.
Por eso, en HACKH2O no empezamos pidiendo respuestas. Empezamos obligándonos a comprender.
Y solo después dejamos que comenzara la cuenta atrás.
En la cuenca del Bulubulu, el agua sostiene campos de arroz, plantaciones de banano, cultivos familiares y comunidades enteras. Sin embargo, la contaminación, la presión de los agronegocios, el uso intensivo de agroquímicos y la falta de infraestructuras de saneamiento han convertido ese recurso esencial en un problema desigual y urgente.
El proyecto «Agua para la vida» de Manos Unidas trabaja en diez comunidades rurales de Guayas y beneficia directamente a más de 400 familias campesinas, el 61 % de ellas lideradas por mujeres.
El diagnóstico realizado en el territorio refleja la dimensión del desafío: el 100 % de la población estudiada consume agua sin tratamiento previo; parte llega por tuberías, otra mediante tanqueros y el resto procede de pozos artesanales o directamente de los ríos. Los análisis han detectado contaminación microbiológica y niveles de salinidad que representan un riesgo para la salud.
Ese era el contexto que entró en el aula.
No un problema inventado para practicar una metodología. No una consigna lo suficientemente abierta como para que cualquier respuesta pareciera correcta. Los equipos debían pensar en cómo potabilizar agua sin depender de grandes infraestructuras, cómo anticipar la contaminación de un pozo, cómo reutilizar, sensibilizar y mejorar la toma de decisiones comunitaria.
Siete retos distintos, atravesados por una misma condición: las ideas tenían que respetar la realidad de las personas que vivirían con sus consecuencias.
Fundación Maquita convirtió las necesidades detectadas en la cuenca en siete preguntas de trabajo:
Cada pregunta abría posibilidades técnicas, educativas y sociales. Ninguna podía responderse sin comprender quién utiliza el agua, quién toma las decisiones y qué capacidades existen para mantener una solución después de que termine el proyecto.
HACKH2O comenzó de una forma poco habitual: sin ordenadores abiertos y sin una lluvia de ideas.
Comenzó con agua, luz solar y papel.
En el taller de cianotipia facilitado por Paula Dornán, los participantes trabajaron con una técnica fotográfica artesanal que utiliza la luz para revelar imágenes en tonos azules. Hojas, ramas y pequeñas composiciones dejaron su huella sobre el papel antes de que los equipos comenzaran a diseñar soluciones.

No fue una actividad decorativa. Fue una primera instrucción sin necesidad de diapositivas: observar también es una forma de investigar.
La cianotipia conectó arte, ciencia y agua; rompió el hielo entre personas que todavía no se conocían y cambió el ritmo con el que entraron en el problema. Antes de pedirles velocidad, les pedimos atención.
Después llegó la realidad del Bulubulu de la mano de Fundación Maquita.
Su presencia fue decisiva. Permitió acercar al aula la experiencia de las comunidades, explicar restricciones que no aparecen en una búsqueda rápida y recordar que innovar desde Alicante para un territorio de Ecuador exige escuchar a quienes lo conocen y lo habitan.
Wilman Emilio, coordinador del proyecto y gestor de Fundación Maquita en Guayas, y Karen Dennise, coordinadora nacional de formación de la fundación, presentaron el contexto y acompañaron a los equipos. Junto a Victoria Sama, técnica de Proyectos del Departamento de Cofinanciación y Educación de Manos Unidas, ejercieron como mentores durante las fases de trabajo. Su función consistía en preguntar y orientar sin decidir por los estudiantes. Además, no formaban parte del jurado, de modo que los equipos podían contrastar sus dudas con ellos antes de defender la propuesta final.
Desde fuera, una hackathon suele resumirse en imágenes de equipos trabajando y quizá una fotografía con el premio, auqnue, lo que ocurre entre ambas escenas es mucho menos ordenado y mucho más emocionante.
Los estudiantes tuvieron que leer, preguntar, contrastar información y revisar qué habían entendido. Debían distinguir las causas de los síntomas, identificar a quién afectaba cada decisión y evitar que una solución técnicamente interesante resultara inviable en el territorio.
Como recuerda Anna Domínguez Cando, integrante del equipo de Solsticio que vivió el evento desde dentro, los grupos necesitaron hacer "un análisis bastante profundo de comprensión y asimilación de ideas" antes de poder pensar fuera de la caja.
Esa fue la primera gran dificultad.
La segunda fue aceptar que comprender un reto no significa resolverlo de inmediato.
Hubo hipótesis que no resistieron las preguntas. Ideas atractivas que tuvieron que hacerse más pequeñas. Equipos que llegaron cansados el primer día y, aun así, siguieron investigando, debatiendo y construyendo. El tiempo era corto; el problema, enorme.
Para no perder de vista a quién debía servir cada propuesta, los equipos observaron los retos desde cuatro niveles de transformación:
El método de HACKH2O convirtió las cinco fases de trabajo en los tres estados del agua. La fase líquida servía para comprender y explorar mediante la contextualización y la divergencia. La fase sólida obligaba a elegir, diseñar y construir. La fase gaseosa llevaba cada propuesta al terreno de la comunicación y el intercambio.
Dentro de ese recorrido, el proceso importaba tanto como la propuesta final:
La innovación dejó de parecer una chispa individual. Se convirtió en una secuencia de escucha, decisiones, renuncias y trabajo compartido.
Los grupos reunían perfiles y formas de pensar diferentes. Esa diversidad no hacía el trabajo automáticamente más sencillo. Lo hacía más rico y, en ocasiones, más incómodo.
Una persona podía mirar el reto desde la tecnología; otra, desde la educación, la sostenibilidad, las ciencias sociales o la cooperación. Para avanzar, tenían que traducir lo que sabían, cuestionar sus propios enfoques y construir un lenguaje común.
Durante dos jornadas pasaron de un problema amplio a una propuesta concreta. Los prototipos que llegaron a la presentación final demostraron algo que vemos una y otra vez cuando trabajamos con talento universitario: si el reto es real y el contexto se toma en serio, los estudiantes también se lo toman en serio.
"Lo vivieron con intensidad y con ganas", resume Anna. "Los prototipos que nos mostraron, con el tiempo que tuvieron, fueron espectaculares".
No porque en dos días pudieran cerrar una solución definitiva para la cuenca. Sino porque fueron capaces de comprender, colaborar y proponer un siguiente paso con sentido.
La segunda jornada concentró todo lo aprendido en unos minutos de presentación.
Cada equipo tuvo que hacer visible su recorrido: qué problema había priorizado, a quién afectaba, cómo funcionaría su propuesta y por qué merecía seguir desarrollándose. El jurado valoró seis criterios comunes: adecuación al reto, impacto, innovación, sostenibilidad, viabilidad y comunicación, siempre con la mirada puesta tanto en Ecuador como en la Comunitat Valenciana.
Formaron parte del jurado Elena Marcos Bueno, directora de Estrategia, Comunicación y Cultura de Trentia Consulting; Marc Rubio Campos, personal técnico e investigador de la Universitat Jaume I; Juan Jorro, ingeniero industrial especializado en energías renovables y proyectos internacionales en Heliotec; Andrés Fullana, catedrático de Ingeniería Química del Instituto Universitario del Agua y de las Ciencias Ambientales de la Universidad de Alicante; y Esther Gallego Baeza, responsable del Servicio de Promoción del Empleo e Inclusión Social de la Universidad de Alicante.
No lo tuvieron fácil.
El premio grupal fue para Marina Soler Blanco, Gema Gallardo Sanjuan, Mireia Domenech Salva, David Pérez Navarro y Andreea Larisa Pop. El equipo trabajó sobre el reto del ciclo hidrosocial, que pedía hacer visibles las relaciones entre lo que ocurre con el agua en los ámbitos familiar, comunitario y territorial. Cada integrante recibió una tablet, cortesía de Manos Unidas, como reconocimiento al trabajo del equipo.

El premio individual, destinado a reconocer la comunicación durante los pitches, fue para Omaima Bouaicha Tayebi. Omaima formó parte del equipo que trabajó en el reto de alerta temprana y recibió un curso de buceo con Nitrox en Alicante.

Los premios señalaron dos logros. Pero no redujeron la experiencia a dos ganadores. En la sala quedaron siete equipos que ya podían explicar algo que no se aprende memorizando una definición: cómo trabajar con desconocidos, enfrentarse a información incompleta, tomar decisiones bajo presión y defender una propuesta ante personas expertas.
Los programas sirven para ordenar una experiencia. Lo que la vuelve memorable suele ocurrir fuera de ellos.
Uno de esos momentos llegó con Aitor Sainz, del equipo de Solsticio. Su intervención terminó con una ovación espontánea del aula. No hacía falta medirla para entender lo que significaba: se había creado una conexión real con los participantes.
Blanca Travesí dirigió la experiencia con la capacidad de mantener juntos el ritmo, el propósito y a todos los equipos. Anna acompañó el proceso desde dentro. Y la coordinación con Manos Unidas permitió que la logística y el contenido avanzaran en una misma dirección.
HACKH2O fue posible gracias a muchas personas que asumieron papeles distintos y complementarios.
Desde Manos Unidas, Victoria Sama del Pino y Nuria Iglesias sostuvieron el proyecto con una implicación que fue mucho más allá de aparecer en el programa. Fundación Maquita acercó a los equipos la realidad de la cuenca, respondió preguntas y ayudó a evitar que los retos perdieran su vínculo con el territorio. FACSA aportó su experiencia en la gestión integral del ciclo del agua. Heliotec y la Universitat Jaume I sumaron conocimiento técnico y participaron en el jurado. La Universidad de Alicante nos acogió en su Facultad de Educación y acompañó el desarrollo de las jornadas.
Y en el centro estuvieron los 35 estudiantes. Sin sus preguntas, su cansancio, sus desacuerdos, sus ganas y sus decisiones, no habría historia que contar.*
Participar en una hackathon como HACKH2O no consiste en demostrar que ya sabes hacerlo todo, sino más bien en descubrir qué haces cuando no tienes una respuesta preparada.
En dos días, los participantes entrenaron capacidades que después tendrán que explicar en entrevistas, proyectos y equipos de trabajo:
Eso deja una historia profesional mucho más concreta que un "asistí a un evento". Permite decir: trabajé sobre un reto real, tomé decisiones con un equipo multidisciplinar y construimos una propuesta capaz de ser evaluada.
Para una universidad, este formato convierte el conocimiento en acción.
El alumnado conecta asignaturas que normalmente aparecen separadas. Pone a prueba competencias que no caben en un examen y descubre que lo aprendido puede dialogar con problemas ambientales, sociales y productivos que existen fuera del campus.
La Universidad de Alicante no fue solo el lugar donde se colocaron unas mesas. Fue el punto de encuentro entre estudiantes de la Comunitat Valenciana, organizaciones españolas y profesionales que trabajan con comunidades ecuatorianas.
Ese cruce amplía la función de la universidad: no solo transmitir conocimiento, sino crear las condiciones para aplicarlo, discutirlo y devolverlo a la sociedad en forma de nuevas preguntas y posibles soluciones.
Plantear un reto real exige generosidad y rigor.
La organización debe explicar qué está ocurriendo, qué se ha intentado, qué restricciones existen y qué personas viven el problema. También debe aceptar preguntas inesperadas y permitir que alguien ajeno mire el desafío desde otro lugar.
A cambio, recibe perspectivas que no están condicionadas por «cómo se ha hecho siempre», prototipos que ayudan a discutir algo concreto y una oportunidad para conocer talento antes de que aparezca en un proceso de selección.
No todas las ideas nacidas en una hackathon se implementarán. No necesitan hacerlo para aportar valor. Algunas revelan una hipótesis que merece comprobarse. Otras permiten formular mejor el problema. Y otras abren una línea de colaboración que puede continuar como proyecto universitario, TFG o TFM.
En Solsticio diseñamos experiencias y proyectos para que empresas, entidades sociales, administraciones y universidades conviertan sus necesidades en oportunidades reales para el talento joven. Es la misma lógica que reúne los proyectos de TFG y TFM disponibles en Solsticio: conectar conocimiento, acompañamiento y problemas que merecen una respuesta.
HACKH2O no terminó con la idea de que 35 estudiantes hubieran resuelto en dos días la gestión del agua en el Bulubulu.
Terminó con algo más honesto y enriquecedor.
Siete equipos comprendieron que una solución no empieza con la herramienta que queremos utilizar. Empieza con las personas, el territorio y las condiciones que no podemos ignorar. Aprendieron que pensar fuera de la caja requiere primero entender qué contiene la caja. Y comprobaron que la innovación social no consiste en llegar desde fuera con una respuesta, sino en construir con quienes llevan tiempo haciendo las preguntas.
Un problema situado a miles de kilómetros entró en un aula de Alicante.
Durante dos días encontró preguntas nuevas, manos levantadas, papeles azules, prototipos y siete equipos dispuestos a no elegir la respuesta fácil.
Eso no resuelve una cuenca.
Pero puede ser el comienzo de una forma distinta de trabajar por ella.
HACKH2O fue una hackathon universitaria de innovación social y ambiental en la que 35 estudiantes trabajaron en siete equipos multidisciplinares para responder a retos reales relacionados con la gestión sostenible del agua en la cuenca del río Bulubulu, en Ecuador.
Se celebró los días 29 y 30 de octubre de 2026 en la Facultad de Educación de la Universidad de Alicante, en San Vicente del Raspeig.
La experiencia fue organizada por Manos Unidas y Solsticio, con financiación de la Generalitat Valenciana y Cooperació Valenciana. Fundación Maquita aportó el conocimiento directo de la cuenca y de las comunidades con las que trabaja en Ecuador. La Universidad de Alicante acogió el evento.
Los siete retos fueron: potabilización en emergencias, alerta temprana sobre la calidad del agua, ciclo hidrosocial, reutilización del agua, un Sistema Participativo de Garantía para reconocer buenas prácticas, sensibilización binacional entre Ecuador y Valencia y gobernanza comunitaria del agua.
El taller permitió conectar arte, ciencia y agua antes de comenzar la resolución de retos. La cianotipia sirvió para activar la observación, la creatividad y el pensamiento crítico, además de facilitar la conexión inicial entre los participantes.
El equipo ganador estuvo formado por Marina Soler Blanco, Gema Gallardo Sanjuan, Mireia Domenech Salva, David Pérez Navarro y Andreea Larisa Pop. Trabajaron sobre el reto del ciclo hidrosocial y cada integrante recibió una tablet. El premio individual de comunicación fue para Omaima Bouaicha Tayebi, que recibió un curso de buceo con Nitrox en Alicante.
Los participantes trabajan la investigación, el pensamiento crítico, la colaboración interdisciplinar, la toma de decisiones, el prototipado, la comunicación y la capacidad de responder preguntas bajo presión.
Sí. En Solsticio ayudamos a empresas, entidades sociales y administraciones a convertir necesidades reales en hackathons, programas de innovación y proyectos universitarios. Puedes conocer el proceso en nuestra guía sobre cómo convertir un reto de empresa en un proyecto universitario o explorar los proyectos disponibles.